Se llama Julio Coronel, un joven de 34 años que nació, creció y se formó en Posta Ybycuá en Capiatá, en el kilómetro 19,500 de la ruta 1. Su infancia transcurrió entre rollos de películas, papeles de fotografías, VHS e imágenes de eventos sociales de vecinos, amigos, extraños, tomadas por su papá, don Juancito, un pionero del servicio de fotografía de eventos en la zona.

Don Juancito, padre de Julio Coronel, es conocido por numerosas familias capiateñas, a las que inmortalizó en imágenes durante muchos años.

A los 7 años, su primer trabajo fue salir a repartir casa por casa, a bordo de una bicicleta, las fotos tomadas por su papá. “Antes vendías dos fotos y con eso podías comer un mes”, recuerda Julio, quien en los ’90 aprendió a usar la cámara fotográfica, edición de videos y luego ya tuvo a su cargo filmar bautismos, bodas, quinceaños, cumpleaños, etc.

“Alguna vez cuando tu mamá sea más viejita, no va a tener un smartphone para estar tecleando, va a ver las fotos impresas, entonces ese valor, ese sentimiento se ha perdido con la tecnología”, resaltó.

Comentó que en aquella época, no había fotos a color, eran en blanco y negro, y que cuando un cliente pedía colores, las fotos tenían que enviarse a Alemania, donde se imprimían y volvían al Paraguay después de un mes. Por supuesto, que el costo era elevado y los fotógrafos gozaba de popularidad en aquel entonces.

Pero los tiempos cambiaron con la llegada de la tecnología de los smartphone, reconoció, y que eso también lo llevó a mirar en su futuro.

“En el 2000 empecé a pensar en mi trabajo y decidí independizarme de mi papá con un estilo y forma distinta. Lo que busqué es destacarme al lado de mi papá, no ser más ni menos que él, porque es el todo mi vida, mi alfa y mi omega, y siempre voy a decir eso hasta el fin de mis días”, contó.

Julio entiende que teniendo un smartphone la gente puede tener miles de fotos, editarlas y tenerlas a mano. Sin embargo, ve una falencia en dicha practicidad: ya casi nadie tiene fotos impresas para mirar y recordar en cualquier momento.

“Alguna vez cuando tu mamá sea más viejita, no va a tener un smartphone para estar tecleando, va a ver las fotos impresas, entonces ese valor, ese sentimiento se ha perdido con la tecnología”, resaltó.

Una boda de película

En el 2006, más personas pudieron gozar del acceso a Internet, entre ellos Julio, allá en Capiatá, que pese a estar a solo 20 kilómetros de Asunción, aún se mantenía en el arcaismo y los estilos viejos, en pleno siglo 21.

Pero Julio no, gracias al acceso a la red, pudo notar que en la fotografía ofrecía un sinfín de estilos, métodos nuevos, para relatar historias reales, historias de bodas.

“Yo crecí trabajando con un estilo rutinario. Pero en el año 2006 cuando tuve acceso full a Internet, empecé a mirar y había sido en Europa todos hacían películas de bodas ese año. Y me quedé sorprendido, y comparé con mi trabajo y parecía algo casero lo mío”, se cuestionó.

El videógrafo de bodas se involucra con los protagonistas para lograr captar la esencia de cada uno de ellos y de ese día, para inmortalizarlo en una película personal.

A partir de allí, trató y trató de contactar con aquellos nombres rimbombantes que sonaban fuerte en Europa como Santi Veiga, un reconocido videógrafo que revolucionó las bodas a nivel internacional, al presentarlas como si fuese una película.

Luego accedió a Gui Dalzoto, un productor brasileño de eventos sociales, quien implementa un estilo de ficción en sus trabajos, siempre dentro del estilo cinematográfico.

“El documental de boda es que lo hace todo quieto, es un buen plano, un buen horizonte, un buen sujeto, fondo, pero es quieto, pero con una composición maravillosa. La composición de Dalzoto es distinta a la de Santi. Santi hace un documental de todo lo que estás viviendo para tu boda, Dalzoto lo que hace es recrear tu pasado con elementos ficticios, por eso los dos son los mejores del mundo, porque son dueños de ese estilo en el planeta”, indicó.

Los primeros Workshop

Logró obtener respuesta allá por el 2015, luego, al año siguiente, en el 2016, Veiga le confirmó que vendría a Paraguay en el 2017. Julio recuerda que eso le generó tal entusiasmo que emprendió la tarea de organizar un costoso Workshop para importar al país, lo que ya era un estilo popular entre los europeos.

“Cuando lancé la propuesta, todo el mundo me decía que era imposible, porque es costoso. Parecía imposible para todos, pero no a los oídos de mi papá que veía que yo quería ir más allá”, dijo.

Fue así que en el 2017 organizó el primer Workshop, un taller que convocó a 30 personas, y allí pudo contactar con otro videógrafo famoso, pero de Brasil, Gui Dalzoto y de Argentina Mariano Teócrito.

Esa actividad, también le mostró una triste realidad. “El paraguayo no quiere estudiar, se conforma con su 100.000, 200.000 y 300.000, y si tiene que arriesgar un poco, se pone obstáculos a sí mismo”, opinó.

Pero su tenacidad y voluntad no dejaron que se amilanara, y continuó. Aplicando la técnica de Partnership, contactó con los fotógrafos de eventos de Asunción, a quienes transmitió su visión de futuro, gracias a lo cual pudo organizar otros dos Workshop en el 2017 con 34 personas, y en el 2018, siendo el cuarto Workshop el que tendrá lugar el 29, 30 y 31 de enero de 2019, en San Lorenzo.

El cambio y los clientes

El siguiente desafío de Julio fue hacer conocer su trabajo y lograr que los clientes lo adquieran. Entendió que los mismos desconocían el estilo y siempre pedían el servicio estándar, ese que graba las imágenes de los eventos tal como ocurren, sin destacar detalles.

“Lo que yo hago es documentales, hago historias reales de personas, que no compite en el tiempo, mi producto no compite con nadie, porque es vender una historia que valga para esa gente, no que sea más lindo que otros o que esté en competencia por trofeos innecesarios, por oro que a mi no me sirve”, resaltó.

“Yo vivía como una productora, tenía tres cámaras, lentes por 100 millones de guaraníes, tenía estabilizadores, por poco no me iba a montar un canal en las bodas, porque eso es lo que aprendí en Asunción a usar hierros, hierros, y que entre 5 hagamos un video como una productora. ¿Qué es lo que vinieron a enseñarme esta gente? Que yo soy el autor”, dijo.

Entonces comenzó a implementar la técnica storytelling, a contar historias reales, de personas reales, con técnicas cinematográficas, que capten la esencia de los protagonistas, sin tener un escenario ficticio ni montar los capítulos.

“Lo que yo hago es documentales, hago historias reales de personas, que no compite en el tiempo, mi producto no compite con nadie, porque es vender una historia que valga para esa gente, no que sea más lindo que otros o que esté en competencia por trofeos innecesarios, por oro que a mi no me sirve”, resaltó.

Esa capacitación que recibió y lograr vincularse a Veiga, Dalzoto, Teocrito y otros videomakers, abrió los ojos a Julio quien hoy es pionero en el estilo de videos de bodas o eventos sociales que ofrece al público.

Julio Coronel con Santi Veiga (arriba), Gui Dalzoto (medio) y Mariano Teócrito (abajo).

Trabajos que enfatizan las emociones, los detalles más primordiales, los aspectos humanos de un evento y todo lo que detrás sucede. Historias reales que permitan a los actores revivir con dichas imágenes esos momentos importantes.

Un sueño

Este workshop será el último que Julio tiene previsto organizar, y luego, se dará una pausa en ese ámbito, para dedicarse a su trabajo, a potenciarlo.

Sin embargo, tiene un sueño más para el futuro: el de fundar en Capiatá la primera escuela de video social, donde se pueda estudiar por niveles, cómo usar la cámara, como empezar a trabajar, cómo usar el marketing, entre otras cosas.

Mientras otros empiezan en fundar empresas para servicios fotográficos y videos, él piensa en compartir su conocimientos con más personas interesadas en modernizarse.

Los trabajos pueden verse en la web: http://juliocoronel.com/ para conocer de qué se trata la especialidad de Julio Coronel.

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